
Argentino de la provincia de Mendoza, se fue con solamente nueve años para España, al pueblo de Alia, en Cáceres. Fue ahí que años después, conocería y se enamoraría de Casiana Yelmo. Entre tanto, explota la Guerra Civil española y Don Pedro es llamado, al mismo tiempo recibe la noticia que Casiana está embarazada. El abuelo de Saviola termina capturado, puesto en un campo de concentración y más tarde, deportado para Argentina. El reencuentro entre Pedro, Casiana y el hijo, sucedió cinco años después en Buenos Aires, Argentina. Finalmente juntos y en paz, tuvieron un nuevo hijo, ahora una niña, María Antonia, la madre de Saviola.
El 14 de noviembre de 1970, curiosamente en un día del clásico entre los eternos rivales Boca Juniors y River Plate, María Antonia (Mary) y Cacho, padre de Saviola, se casaban. Él con 28 años, ella solamente con 23.
El día 11 de diciembre de 1981, nacía el deseado hijo. En una de las habitaciones de la casa, el Nº 1880 de la calle Dragones, en Belgrano, nacía el delgadito bebé con ocho meses y con solo 2.400 kg de peso, al que le pusieron el nombre de Javier Pedro Saviola Fernández.
Con nueve meses de vida surgieron, en el frágil bebé, unas manchas en la zona lumbar, asociadas a la pérdida de apetito y a la diarrea crónica, que ponían en riesgo la vida del pequeño Javier. Desesperados porque los médicos no encontraban una solución para el problema, los padres recorrieron a una curandera, que se llamaba Susana. La verdad es que, después algunas oraciones recomendadas por la curandera, el bebé se curó.
Hijo único de la pareja, Saviola era el orgullo de la familia, el niño mimado. No obstante los padres le dieron una educación rigurosa. Había horas para comer, para estudiar, para dormir y para jugar. El fútbol, su gran pasión, solo tenía lugar, por ejemplo, después de hacer los deberes de la escuela.
Su madre fue la primera en descubrir su talento para el fútbol, acordándose de las muchas patadas que le pegaba cuando aún estaba en su vientre y la dificultad que era para que él pusiese una sonrisa cuando le sacaban fotos. Solamente un objeto lograba hacer sonreír al “Pibito”…él balón de fútbol.
A los tres años, Javier Saviola se hizo amigo de su vecino, Alejandro Corrales, volviéndose inseparables desde ese entonces. Una amistad que se mantuvo hasta los días de hoy. Los dos frecuentaron las mismas escuelas y jugaron siempre en los mismos equipos hasta los 16 años. Corrales era como un hermano adoptivo. Aunque tenían la misma edad, Alejandro era el protector de Saviola. Era como el hermano mayor. Alejandro fue también uno de los primeros en percibir un brillante futuro para Saviola en el mundo del fútbol.
Una de las personas más importantes en la infancia de Saviola es su abuela Casiana. En sus brazos, sentada en un balancín, oía las historias y cuentos que se basaban, muchas veces, en la vida de la abuela. Las dificultades que tuvieron, la miseria, la infancia y adolescencia, el amor por el abuelo Pedro, historias que tenían siempre como escenario España. Estas historias contadas por la abuela despertaban la curiosidad del pequeño Saviola, que a pesar de no conocer ese país, casi lo sentía como suyo. Esta fue, sin duda, una de las razones para que, años después, cuando Saviola, tuvo muchas propuestas para jugar en el extranjero haya optado por el país de las historias de la abuela.
La pérdida del padre fue uno de los momentos más tristes en la vida de Saviola. Cacho falleció el día 7 de agosto de 2001, víctima de un cáncer en el hígado. Pero, aunque el diagnóstico de los médicos solo le diese 6 meses de vida, Cacho demostró una gran fuerza, viviendo dos años más contrariando las expectativas. Cacho era muy respetado y acariñado en el barrio Belgrano. Hombre de pocas palabras ya que prefería en primer lugar escuchar y después dar su opinión, normalmente correcta y fundamentada. Una persona tranquila y que difícilmente perdía su compostura, enseñó a Javier a ser humilde y a evitar fascinarse fácilmente con todo lo que rápidamente conquistaba en su adolescencia. Muchas veces, después de buenas exhibiciones de Saviola en River Plate, llegaba a casa muy contento, pero el padre ni siquiera hablaba sobre eso. Era él que mantenía a Saviola con los “pies en la tierra”. Javier dedica a Cacho todos los triunfos y goles de su carrera.